Escritores noveles

Leer es lo más importante de la vida.

Aquí os dejo uno de mis primeros relatos cortos de temática libre, y que formó parte de un libro compilatorio editado por la "Biblioteca Municipal del Ayuntamiento de Albacete", titulado "42 ventanas abiertas", donde varios escritores amateur presentábamos nuestros trabajos. Os dejo con "La voluntad de Mark":

Había de cuidar hasta el más mínimo detalle con el fin de poder aprovechar y gozar el momento. Cuando Mark “El fraile” terminó de lavarse las manos, disfrutó un buen rato del tacto de la toalla limpia y de olor a lavanda. Todo estaba listo. Respiró hondo y observó su rostro en el espejo. Estaba realmente bien. Si un tiempo atrás alguien le hubiese dicho que se sentiría tan especialmente extraordinario, incluso después de una buena ducha y un cuidadoso afeitado, probablemente no lo hubiera creído. -La cena espera-.
El olor que desprendían los manjares en la mesa era digno de tomarse un tiempo gozándolo. Todo tenía un aspecto insuperable, preparado para la ocasión. Sentado ante tal panorama anticipaba el éxtasis que la degustación de semejantes placeres gastronómicos iba a provocarle. Vaciló un instante más antes de llevarse el primer mordisco a la boca. La carne casi se deshacía al contacto con la saliva, y el vino, un excelente tinto francés de “Alto Medoc”, ayudaba a transportarla hasta el fondo de la garganta, dejando un sabor en todo el paladar que le trasladaba al mismo Olimpo de los dioses.
Veinte años atrás, cuando tenía 14, Mark “El fraile” no era tan afortunado. El apodo de “El fraile” le venía por su labor como ayudante del Padre Berti, capellán de la villa donde residía. Los demás chicos aprovecharon esa condición de monaguillo para burlarse un poco más de él. Antes de ser llamado así había sido apodado de muchas otras más formas. “Fétido”, “perro”, “puerco” o “miserable” eran los nombres con los que se solían referir a él. Después de todo, “El fraile” no le parecía tan ofensivo. Los chicos eran crueles. Victor, Sam “el alambres”, Martin y su hermano Joe, Adrian, Scott Magoo…y otros muchos más. A Mark “El fraile” no le quedaba otra compañía agradable que la de su perro Stanley. Todos los días, después de dejar sus labores en la sacristía salía a pasear junto a él por el lago. El hecho de que a Mark le gustase andar a solas con su perro no era casual. Lo hacía para evadirse de las humillaciones e insultos del resto de los chicos. Era verdaderamente una pena que a estos, al contrario, les encantase tenerlo cerca. Aquella tarde, sin ir más lejos, no cesaron de buscarlo, y por desgracia para él lo encontraron sedente ante el lago, junto a Stanley. Sam “el alambres” portaba una bolsa oscura, que pronto acercó a la cara de “El fraile”. Los hermanos Joe y Martin Collins asieron a Stanley con una soga ante la mirada de Mark. –Vamos Fraile, ábrela y cómetelo todo. No dejes nada si no quieres ver como el chucho estira la pata-.
El olor a excrementos de animal era insoportable, aun ni siquiera habiendo abierto la bolsa. Las náuseas se apoderaron de “El fraile”. Los chicos lo sujetaban por brazos y piernas mientras Sam “el alambres” le obligaba a ingerir el fétido contenido del maldito saco. Mark tragaba incesantemente, sin apenas respirar, aguantando el hedor, conteniendo los deseos de escupir. No pudo más. Su estómago superó a sus peores temores y emitió una ráfaga de vómito mientras intentaba inútilmente oprimir las contracciones. Demasiado tarde. Stanley yacía ahorcado.

El festín estaba siendo ideal, digno de los más exquisitos gourmets. Cada canapé, cada delicia exquisitamente elaborada a petición suya. Jamás pensó que mereciese una degustación tan copiosa como lujosa. Todo se lo debía a los chicos. Y al Padre Berti. Y a otros tantos muchos más, como al señor Collins, padre de Joe y Martin. A todos ellos les tenía que agradecer el derroche pecaminoso con el que se estaba homenajeando. Era solamente y nada más que por aquella gente por quienes podía sentirse aquella noche tan especialmente grato.
Todavía estaba apurando la última copa del soberbio vino francés cuando Mark “El fraile” la vio entrar. Ya había llegado. Miró delante suyo y la figura que contempló era lo más parecido a un ángel. Una exposición de curvas y sensualidad hicieron que su pulso se acelerara de repente, y la imagen de esa diosa imponente golpeara sus retinas como un martillazo directo y certero. El aroma que desprendía comenzó a despertar en Mark todos sus receptores afrodisíacos. La chica sonreía. No había tiempo que perder. Unos minutos después la figura contorneada de aquella rubia explosiva se hallaba moldeando las finas sábanas limpias de su cama. Sus manos se abalanzaban sobre ella acariciando con los dedos la suave piel, los turgentes senos, los leves hombros. Todavía no creía que pudiera ser capaz de tomar a una hembra de tales características. Mientras lo hacía daba gracias interiormente a los chicos. – Que mal he hecho en odiaros- pensó. –Sinceramente gracias-. La noche que perdía su virginidad se prometió no volver la mirada atrás y no acordarse de sus únicas experiencias sexuales. No, no quería rememorar eso, fue hace mucho tiempo. –Y hoy te estoy muy agradecido, padre Berti-.

Mark “El fraile” acababa de apagar los cirios de la iglesia después de que el Padre Berti terminara su misa del día. El olor que desprendía la combustión de las velas al ser extintas dejaba un poco mareado siempre a Mark. Entró a la sacristía todavía con un ligero aturdimiento, haciendo incluso esfuerzos por no tambalearse. El Padre estaba preparado para que Mark quitase con sumo cuidado la estola y el hábito que se ponía especialmente para arengar a los feligreses. Retiró suavemente las ropas con delicadeza para no estropearlas. Les hizo un doblez y las extendió sobre la mesa. -¿Por qué tiemblas pequeño Mark?...sabes que el Todopoderoso te estará agradecido eternamente por tu colaboración divina. Es la voluntad de Dios que te ofrezcas siervo de un hombre de paz como yo y que tu penitencia sirva para abrirte camino al Reino de los Cielos-. Las palabras del Padre Berti sonaron distorsionadas en los oídos de Mark, todavía confuso por el olor de los cirios. Finalmente asintió con la cabeza y se postró arrodillado. Alzó la mirada y comprobó la figura desnuda de aquel obeso y sudoroso sacerdote, quien ya mostraba una prominente erección. “El Fraile” cerró los ojos. Estiró sus inocentes manos. Acercó su pueril rostro al pubis de aquel hombre. Pensó, mientras oía los gemidos de placer del Padre Berti, que algún día alcanzaría una más que merecida salvación en el Reino de los Cielos.

En cierto modo el Padre Berti había acertado. Para Mark “El fraile”, haber recibido una cena como las que los mejores monarcas organizan en sus celebraciones y hallarse postrado en la cama, con la somnolencia postorgásmica, al lado de una diva durmiente, era lo más parecido al Paraíso que él hubiese podido imaginar. Antes de que Mark quedase dormido, la chica se irguió de un salto y miró la hora. Debía irse ya. Mark “El fraile” la miró y le dirigió un gesto de aprobación. Después se dio la vuelta y se vio sumido en un profundo sueño, tan intenso como placentero. Los pensamientos de Mark seguían latentes incluso en la fase somnífera más avanzada. –Vaya noche. Es increíble. De verdad, una vez más…gracias a todos por haberme hecho sentir tan bien-.

Amaneció. Las puertas se abrieron de repente. Mark todavía dormía como un tronco. Poco a poco fue entreabriendo los ojos y haciéndose consciente. Se levantó finalmente y comenzó a vestirse. Fuera mucha gente lo esperaba. Después de un rato de aseo, y tras haberse vestido completamente, salió al pasillo. Mark “El fraile” y toda su compañía se dispusieron a caminar a lo largo de la galería. En su mente todavía podía rememorar la noche anterior y ese festín excesivo de gula y lujuria, como el que nunca se imaginó poder merecer. Pararon en seco ante una puerta. Un hombre trajeado de aspecto senil se adelantó a abrirla. Mark “El fraile” cruzó el umbral, y comprobó que la gente allí presente mostraba un semblante serio, mirándolo fijamente. Mark se apresuró a avanzar hasta el fondo de la habitación siendo cercanamente acompañado por su comitiva. Sin perder ni un instante se quitó la camisa. Conocía el método. Después miró a los allí presentes y acertó a dirigirles unas palabras. –Señoras y señores…solo espero que disfruten de este magnífico día, al menos la mitad de lo que yo lo estoy haciendo-.
Seguidamente se tumbó sobre la camilla inclinada y miró al enfermero indicándole con un gesto que por su parte estaba preparado. Acto seguido fue apresado de brazos y piernas con las correas que sobresalían de la camilla. Notó en seguida en su brazo cómo la aguja penetraba en su piel. Mark “El fraile”, con el aspecto sosegado cerró los ojos esperando que todo se llevara a cabo. Pronto comenzó a sentir el flujo de algo caliente en sus venas. Mientras el sueño lo iba invadiendo, le venían a la cabeza las imágenes de aquel día. Sí, aquel día. Aquel domingo soleado como otro cualquiera, en el que todos habían acudido a la iglesia, a limpiar sus pecados escuchando al padre Berti, el mayor embajador de Satán en la tierra. No faltaba nadie: Victor, Sam “el alambres”, Martin y su hermano Joe, con su padre el señor Collins, Scott…, todos los que lo habían humillado de una forma u otra a lo largo de su vida. Volvieron a su mente todos los detalles…el bloqueo de todas las salidas de la iglesia; el intenso olor a gasolina; los gritos de auxilio que se profirieron en vano…y finalmente, el precioso fotograma de una iglesia siendo pasto de las llamas, adquiriendo un tono apocalíptico muy acorde con los alaridos agonizantes de los que se hallaban en su interior. El repiqueo de las puertas de madera como intento desesperado de salir de allí se convirtió finalmente en un silencio aterrador. –Ahí tienes la voluntad de Dios, Padre Berti. Vayan todos al infierno-.

El rostro de Mark “El fraile” denotaba que la primera inyección había hecho ya su efecto y lo había sumido en un profundo sueño. Y cuando la segunda, la encargada de pararle el corazón, empezaba a introducirse por sus venas, todos los que presenciaban la escena quedaron de pronto sorprendidos y un murmullo se hizo en la sala. Los labios de Mark empezaban a dibujar una plácida y perfecta sonrisa. Por fin, por una vez, Mark “El Fraile” era feliz.

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