
El plomo que tenía Raúl en la sangre, no pesaba en la conciencia de los responsables. Con frecuencia debía lavar su piel, para desprenderse de los volátiles desechos tóxicos que arrastraba la brisa de Abra Pampa. Era tan sólo un niño, por eso, no podía diferenciar cual de las escorias causaba más daño, si la que respiraba, o la que gobernaba irresponsablemente de espalda al problema, doblegada a sus propios intereses.
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