El vendedor
Estaba desperezándose. Seguía con el piyama y el deshabillé puestos. Descalza caminó desde su cuarto al baño. Salpicó su rostro con agua fría. – ¡Qué ganas de no hacer nada! – se dijo.
Fue a la cocina se sirvió una taza de café humeante. Quiso sentarse. Sonó el timbre. - ¡Ya va! – gritó y apresuró su marcha hacia la puerta.
- ¿Quién es?
- Usted no me conoce soy un vendedor de libros.
- Ya no compro más libros. No tengo tiempo de leer.
- Por favor, abra la puerta y le mostraré un libro muy especial.
Titubeó un momento y abrió la puerta. Un joven simpático la miraba sonriente.
- Disculpe que no lo invite a pasar. Me imagino que será rápido. ¿Qué es eso tan especial que tiene para mostrarme?
- Un libro de arena.
- ¿Cómo es eso? No veo nada en sus manos.
- Es que este libro está hecho totalmente de arena refinada. Es decir, de pureza.
Un signo de incredulidad quedó marcado en el rostro de la mujer.
- Mire por lo que yo se, no puede ser tanta pureza, porque yendo al plano real la arena está hecha de desechos, sobra de rocas, arrecifes, corales, huesos, conchas, valvas, caracoles, etc. Uno sólo de sus granos examinado en su tamaño, en su forma, su textura o su composición permitiría reconstruir el lugar de dónde procede, pero esto sería entrar en otro terreno, con esto quería significar que la arena no esta límpida como usted la define.
- Me está desilusionando con su empeño de ir al plano real. Yo a usted la busqué por su espiritualidad.
Este es un libro que tiene muchos años y no lo puedo vender porque al no verlo en mis manos nadie me lo quiere comprar. Este libro está hecho para las personas que están más allá del común de los mortales. Está hecho para alguien mágico, sensible, para un ser lleno de metáforas, que pueda entender que cada granito de arena son años de vida, son niños, jóvenes, ancianos, hombres y mujeres, plantas, mares, ríos, selvas, cerros, montañas. Es la vida que transita por senderos de luz, de oscuridad. Es magia y es realidad.
Está lleno de amores y de odios, de luces y de sombras, de marchas y retrocesos, de pequeños instantes de felicidad.
Si, usted tiene que comprármelo porque va a poder leerlo diariamente sin necesidad de hacer correr sus hojas, porque en cada amanecer, usted habrá leído una página que la hará reflexionar intensamente.
Bueno – continuó el vendedor – ahora dígame que opina.
- Yo leí que Khalil Gibran decía que con la marea alta había escrito unas líneas en la arena y que aún la gente se detenía para leerlas y cuidaba de que no se borraran. Esto me llevaría a creer en lo que usted afirma, pero aún tengo mis dudas.
El reloj de arena por ejemplo se utiliza como representación del paso del tiempo y su consecuencia, la muerte.
Quizá su libro tenga alguna similitud con esto y usted lo tiene en su mente, en su espíritu y sus labios lo describen maravillosamente.
- Precisamente – respondió el joven – busco personas que tengas mucha sensibilidad para que puedan leer sus páginas sin dañarlo y usted, es una de ellas.
Cierre los ojos un instante y comprobará que todo lo que le digo es cierto. La mujer accedió a su pedido. Luego abrió despaciosamente los ojos. Sin demora el joven hizo una reverencia y depositó el libro en sus manos abiertas.
Totalmente convencida, la mujer estalló de gozo porque una hostia de pureza tenía entre sus manos.
Lucila
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