Cosquilleos en el alma
En la maraña de recuerdos infantiles surge la nítida presencia de mi madre, callada, absorta en sus pensamientos y con esas lágrimas silentes que solía derramar en ese cuarto donde siempre se encerraba.
La evocación me lleva a las risas cantarinas de mis hermanos que surgía, cada vez que uno de ellos la recitaba, hacía imitaciones y danzaba al compás de un música interna que guiaba sus pasos, quizá movido por hilos invisibles.
El regalo más hermoso que yo recibía eran los momentos posteriores a los días de lluvia, no frecuentes en ese Santiago del Estero, seco por antonomasia y con la urgencia que el clima demandaba.
El cielo azul, con el azul más bello que nunca vi en otra parte, se poblaba de estrellas y mi hermano salía a danzar, en el patio de las ocurrencias cotidianas.
Las expresiones del público compuesto por seis personas eran cerrados aplausos y carcajadas estruendosas.
El saludo final lo realizaba yo, porque al ser la menor tenía la última palabra, encumbrada por decisiones de mi padre que obedecía a todos mis requerimientos.
Etiquetas:
Compartir
¡Necesitas ser un miembro de Escritores noveles para añadir comentarios!
Participa en esta red social