
Sangre y vino corrían por la sotana. Fueron doce puñaladas según el forense. Todo sucedió durante la liturgia de Eucaristía ante la mirada de los feligreses, que indignados por el asesinato del sacerdote, procedieron a cometer un nefasto linchamiento en contra de su asesino. Yacían en el suelo dos cadáveres, cura y monaguillo. Las investigaciones correspondientes llevaron a la autoridades a descubrir abusos de pederastia en contra del menor muerto, pero ya era demasiado tarde. En un intento por acercarlo a Dios, su madre lo había sumido en un infierno.
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