Bebía un trago de té verde cuando cerré los ojos lentamente sin darme cuenta.
No había gravedad que me atrajera al suelo y me sentía más ligera que una pluma llevada por el viento.
Estaba en un cuarto cuidadosamente decorado sentada frente a un espejo.
Mi piel estaba más morena de lo habitual y contrastaba con el escote del vestido de lino blanco que se extendía hasta mis pies. Las sandalias blancas poseían un trenzado que rodeaba mis pies y parte de las piernas.
En el espejo distinguí mis ojos y mis labios pintados suavemente dulcificándome el rostro. Era extraño, pues casi nunca me arreglaba y me veía más bien feúcha; sin encanto.
En aquel momento, entró en la habitación mi hermana, ya crecida, con su larga melena rubia y sus grandes ojos azules, los cuales llamaban la atención de cualquiera.
-¡Silvia,anda date prisa! ¡Que el pobre se va a creer que le has dejado plantado!
Entendí todo, o más bien parte, cuando me colocó el sencillo velo de raso sobre el pelo castaño. Se la notaba nerviosa,más de lo que podía estar yo.
Me encontraba perdida, como si aquello no me estuviera pasando a mí.
-Te veo rara, ¿te pasa algo?-me preguntó con desconfianza.
-¡Ay Marina que no! ¡Toda la vida igual contigo! ¡Mira que eres coñazo!-le contesté para darme tiempo a mí misma para pensar qué me estaba sucediendo; qué era todo aquello.
La verdad es que quién me iba a decir que me iba a casar con...¿con quién? ¿con quién iba a contraer matrimonio?
Esta pregunta me asaltó como una bala imprevista mientras que luchaba por disimular mi desconcierto.
Al único hombre que había amado de verdad era a él. Eran muchos los años de edad que me separaban de él,aunque le había querido y deseado fervorosamente. Pero yo no me esperaba acabar en el altar con él. Era más bien algo imposible, puesto que mi suerte en el amor había sido nefasta hasta entonces.
-Silvia,mírate al espejo. ¿Te gusta cómo te he dejado el pelo? ¡Silvia, reacciona!
-Sí, sí, estoy bien. Me gusta.
-Mira, son muchos años aguantándote-decía en tono mi hermana en tono guasón-así que por desgracia te conozco demasiado bien. Sé que estás preocupada. ¿No me dirás que estás dudando no?
Sabía a lo que se refería, y no. Si era con él, claro que no.
Miré por la ventana de la iluminada estancia y vi a lo lejos el mar. ¿No estaba en Madrid? ¿Dónde estaba?
Lo peor de toda esta situación es que no me acordaba de haber estado con nadie, y mucho menos de casarme. Algo no iba bien; no podía ser real. Estaba en un lugar que no me correspondía y me iba a casar con alguien que ni sabía quién era.
Con estos pensamientos y los consejos y advertencias repetitivos de mi hermana y mi madre, llegué no sé cómo a una playa de arenas blancas rodeada de escarpados acantilados con el mar se extendiéndose hasta los confines. Ya sabía donde estaba, era aquella cala menorquina que me enamoró de adolescente cuando allí también me pillé por aquel sinvergüenza, nada comparado con el amor que sentía por...
Allí estaba él, con su sonrisa impactante esperándome a mí al final de todas las filas de asientos sobre la arena que se extendían a mi paso.
Su elegancia entonces no era normal, comparada con su ropa desaliñada diaria, la de aquél loco filósofo que me había embrujado.
Iba del brazo de mi padre y avanzaba lentamente hacia él y hacia el mar a su vez.
Dejé de preguntarme los porqués y los cómos, y me dediqué a disfrutar de aquel momento.
Me dejé llevar por los destellos azulados y dorados del océano brillando frente al sol de tarde y por la brisa marina que me llevaba a él.
De repente me desperté y me vi en mi cuarto pequeñito de siempre, con mi taza de té sobre la mesa. Lo que más me soreprendió fue notar que estaba sonriendo y me sentía feliz, justo lo que no conseguía nunca fuera de mis sueños; en la vida real...
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