El Jabalí y la Semilla
EL JABALÍ Y LA SEMILLA
Junto al fuego del hogar, el abuelo relataba al nieto la historia de Terko el Jabalí. Ventanas empañadas hacia fuera el día era gélido, gris, sin vida, y <¡qué buena ocasión para relatar la historia!>, había pensado el ancianito.
El abuelo encendió la pipa de colección que exponía sobre la repisa del hogar, se acomodó en la mecedora cruzando las piernas, vertió unas virutas de tabaco en el hornillo, e invitó al nieto a sentarse a su lado.
-Terko –empezó diciendo, e hilvanó una ascendente columna de humo-, era un jabalí solitario que vivía en una pradera fangosa, hace mucho tiempo, muy lejos de aquí. Un animal bastante disgustado con el lugar de residencia que le había caído en suerte. A menudo quedaba horas y horas contemplando los lejanos horizontes, preguntándose cómo sería la vida que acontecía bajo ellos, aventurando la sensación de caminar sobre suelos praderosos, limpios, verdes y radiantes, y tachonados de flores de todos los colores de la vida.
`Mas he aquí que el barro de las tierras donde vivía le impedía caminar largos trechos, pues cuando intentaba avanzar descubría que comenzaba a hundirse poco a poco, no quedándole otro remedio que retroceder. Entonces se estancaba, hacía hoyos para cubrirse de los vientos, y se amparaba en ellos durante largas temporadas. Parecía estar condenado a morir en el mismo lugar en que había nacido y tanto despreciaba.
-¿Y fue así? –Inquirió el nieto.
-¿Te he relatado, alguna vez, algún cuento sin final feliz? –dijo el abuelo, tosiendo a causa del humo de la pipa al cual no estaba habituado. El nieto meneó la cabeza y permitió proseguir al sabio sexagenario-. Aquí no hay excepción.
`Cierto día, un horrible y helado día como el de hoy, el jabalí, distraído en sus parcos quehaceres diarios, advirtió una silueta que se acercaba desde el horizonte. Cierta esperanza, pues, nació en él. La calidad de lo novedoso, quizás.
`Cuando estuvo a su lado, el jabalí descubrió que se trataba de un hombre viejito, quien llevaba una alforja al hombro. Tenía un rostro raro, que parecía bello visto desde un ángulo, pero horrible cuando se lo apreciaba desde otro. Abultadas barbas blancas le cubrían el torso.
´´Buen día, don –lo saludó el jabalí, en medio tono perspicaz-. ¿Y quién es usted y qué hace por estos andurriales?
´´Buenos días, señor jabalí –correspondió el hombre de larga barba, con suma cortesía juguetona-. Me presento: soy Don Fortuna. ¿Y qué hago por aquí? Vagar y plantar. Es mi oficio. Voy donde me da la gana, y planto. Sí, unos árboles muy especiales. ¿Le gustaría que le dejara alguno? ¡Gratis!
`El jabalí no dudó un segundo. Se abalanzó a los saltos hacia Don Fortuna, y metió su hocicote en el bolso del barbiluengo, a ver qué podía encontrar.
`Señor Don Fortuna, quisiera quedarme con lo mejor que tenga en existencia –pidió Terko, sin sonrojarse ni mencionar “por favor” alguno.
`Excelente elección –convino Don Fortuna. Y sacó de su bolsa una hermosa planta, esbelta, verde brillante sus hojas, demasiado hermosa para aquel sitio.
`Don Fortuna sacó una pala y plantó el hermoso vegetal no muy lejos del hoyo principal del jabalí. En efecto, el animal quedó encantado, lanzaba hurras y corría loco alrededor de la planta.
-¿Y entonces? –Preguntó el nieto, ansioso.
-Entonces Don Fortuna dio algunas indicaciones a la bestia, sin cargo –continuó el abuelo-. Le explicó que debería regar la planta para que tuviera buena vida, y también, y no menos importante, que la regara poco a poco, o la ahogaría sin remedio. Luego Don Fortuna partió a otros rumbos, dejando al jabalí en su felicidad.
`Los días pasaban, y sin dudas el jabalí había encontrado en la planta hermosa la felicidad tan anhelada. Todas las mañanas, al levantarse, iba al arroyo cercano a buscar agua para su nueva amiga, y la regaba con todo cariño. Agradecida, la planta fue creciendo, echando fuerte raíces, expansivas raíces, firmes e inquebrantables.
`La nueva realidad parecía robada de un sueño imposible, irrepetible, inmejorable. El jabalí tenía una amiga ¡y qué amiga! Pues las raíces de la planta fueron extendiéndose a lo largo y ancho de las tierras fangosas. El buen animal descubrió que, valiéndose de la solidez de las raíces de la planta, podía ir de acá para allá sin hundirse. “Forman un buen camino”, pensaba. “Quizás sobre ellas, algún día, pueda viajar y ver qué hay allí bajo los horizontes”.
-Fue una buena idea –aportó el nieto.
-Sí, sí –meditó el abuelo-. Sin embargo, las buenas ideas necesitan buenas, medidas y templadas ejecuciones.
`El jabalí estaba enfermo, desde hacía mucho tiempo, y no pudo contener los impulsos de su enfermedad. “La enfermedad del fango”, le hubieran llamado los entendidos. No pudo esperar a que la planta creciera a su propia velocidad y desatendió las indicaciones de Don Fortuna, regándola en exceso, más y más cada día, para que las raíces crecieran más rápido y llegaran tan lejos como él deseaba, sin importarle la salud de la buena amiga verde.
`Estos malos y egoístas tratos fueron ahogando a la planta que, de pronto, dejó de crecer. Sus hojas fueron poniéndose grises, del mismo color del barro, las raíces detuvieron su expansión y fueron astillándose, pudriéndose. El tallo se plagó de gajos caedizos, y su muerte parecía inevitable.
`Desesperado, el jabalí descubrió su error fatal; no obstante, cuando pretendió volver a hacer las cosas siguiendo los métodos indicados, era demasiado tarde. La planta había muerto, aunque él se la hubiese pasado exclamando día y noche ¡no mueras, no mueras por favor!
-Pero las palabras no sirvieron, ¿verdad, abuelo? –dijo el nieto.
-No, no sirvieron –fue la respuesta-. La planta se había marchitado, y su imagen empeoró aún más el paisaje de aquellas tierras. Las noches se volvieron terroríficas, plagadas de lágrimas y lluvias frías.
`Ahora el jabalí fue el que empezó a ahogarse en sus propios lamentos; había entendido que la planta, de algún modo, también había estado regándolo a él, de alegría, de sentido, de esperanza. Y ante esta revelación, ya no pudo tolerar la visión de la planta marchita, y quiso derrumbarla para que todo fuera como antes, sólo barro, sólo hoyos profundos, la segura soledad. Una y otra vez embistió contra ella, con toda su fuerza, todo su peso, y la dureza de su cráneo. Aunque él mismo no lo sabía: no sabía si deseaba derrumbar la planta marchita, o matarse a sí mismo a causa de la terrible tristeza en vista de lo perdido.
-¿Y así termina? No parece nada feliz ese final –se quejó el nieto.
-No, no seas apurado como el jabalí –siguió el abuelo.
`Porque en el momento de mayor dolor, y cuando más fuerte el jabalí golpeaba contra el tallo, de pronto una semilla de luz cayó de lo alto de la enramada moribunda. Una semilla preciosa que había sobrevivido a tanto maltrato. Sí, cayó a los pies del animal. Y el animal la miró largo y tendido, preguntándose qué sería, y si podría hacer algo con ella. Don Fortuna no le había explicado nada en cuanto a las semillas luminosas de los árboles que él repartía.
`El jabalí, todavía sin consuelo, se tomó la molestia de sembrar la semilla, aunque sus esperanzas de que brotara fueran nulas.
-¿Y brotó? –Se animó el nieto.
-Brotó, por supuesto –convino el abuelo, sonriente-. El jabalí había procedido mal al final, pero también había existido un principio, y fue en ese principio, en el curso del cual había actuado bien, que esa semilla había brotado, con la forma de un fruto. Sí, era una semilla de luz, de la que nació una planta de luz, radiante como el sol, caliente como el fuego. Y su tibieza, al correr de los meses, derritió el barro de todas las tierras aledañas, y el jabalí pudo entonces correr libremente de aquí para allá, sobre césped verde y radiante, acunado por frescas brisas entibiadas a la luz del nuevo árbol. El terreno se hizo fértil, el jabalí aprendió la lección, y creyó que ya no necesitaría ninguna amiga que echara raíces para ir donde él quisiera.
`Porque el dolor fue aprendizaje, porque el aprendizaje le dio ideas, porque para ejecutar tales ideas, se tejió unos guantes a los que bautizó con el nombre de “paciencia”, porque tales guantes le permitieron trabajar con mayor cuidado, y porque, de esa manera, el árbol de luz creció tanto que, un día, trepó a lo más alto, y desde allí vio el gran mundo que lo rodeaba, más allá de los horizontes, y aunque la planta que Don Fortuna le había obsequiado quizás estaba muerta, supo que, a lo lejos, muchas otras plantas necesitaban de alguien que las cuidara.
El abuelo arrojó las cenizas de la pipa en las llamas del hogar, y se hamacó unos segundos, para luego decir:
“fin”.
-Buena historia, ¿verdad? –Le preguntó al nieto.
-Estoy de acuerdo –aceptó el nieto-. Pero terminó, y sigo sin poder salir a jugar. La tarde pinta aburrida, no cabe negarlo.
-Ponte a tejer unos guantes. Puede que necesite usarlos en estos días de nieve y vientos sureños. Un café no caería nada mal, y uno o dos pastelillos. Date prisa.
-¡Cuántos recados! –se quejó el nieto.
El abuelo bufó y largó una tos.
-Si hubieras escuchado con mayor atención el cuento, no protestarías. Regar, regar pequeño. En su justa medida, ni más ni menos. Si estás aburrido, te di razones para dejar de estarlo. Es la hora de la merienda.
FIN