Bueno, como aquí se trata de escribir os muestro algo, un proyecto, dos páginas
Se levantó desde muy temprano, se había duchado la noche anterior así que se vistió y se dirigió a la cocina. Su madre estaba ahí como siempre pero no le dijo nada, ni una palabra, ella tampoco parecía muy entusiasmada y tampoco dijo nada. Se bebió la leche y se comió el bocadillo, cogió su mochilla y fue hacia la parada de autobús.
Allí vio a la gente de siempre. Todos con sus mochillas hablando, riendo otros forcejeaban como si de una pelea se trataba para ver quién era el más fuerte. El se sentó y saludó a su compañero. El autobús pasaba a las siete y media y tardaba una media hora hasta la escuela. Era un autobús viejo, lento. La carretera tenía muchas curvas, lo que hacía el trayecto más pesado si cabe.
A lo largo del trayecto siempre se veía la gente con sus furgonetas llenas de hierba para el ganado o de plátanos para llevar al almacén a empaquetar. Siempre se fijaba en los coches, los camiones, la gente. Se fijaba en todo con detalle. Lo miraba todo como si de algo nuevo se tratara. Había más vida fuera que dentro del autobús. No prestaba atención lo que decía uno u otro. Nada de dentro parecía interesarle.
Al bajarse del autobús alguien le empujó. Todo era deprisa, nadie pensaba en nada, todo eran carreras y chillidos, algo que el no entendía.¡Pero dónde van tan deprisa se preguntaba¡ En realidad, no tenían prisa, sólo querían llegar el primero, sólo decir he sido el primero en llegar a la escuela. Otros, sin embargo, andaban muy despacio, casi parecía que les costaba andar. Paraban un poco y seguían caminando con desgana.
Ya en la clase el revuelo era absoluto. Unos tiraban papeles, otros sacaban la mina del bolígrafo y formaban pequeñas bolas que luego lanzaban a algún compañero. Pero el jolgorio se acababa el mismo momento en que entraba la profesora. Entonces todos mantenían absoluto silencio y en el ambiente se respiraba miedo, tensión. Siempre entraba sin saludar, como de improviso. Llevaba sus libros en la mano y una regla grande de madera a la que ella llamaba Rogelia. Entonces comenzaba la clase, siempre sentada en su mesa de madera comenzaba preguntando la lección del día anterior. Si nadie respondía entonces llamaba por un nombre. El que no se supiera la lección, tenía que sacar la mano y unir los dedos. Sobre los dedos juntos golpeaba con la regla sobre los dedos. La sensación de dolor duraba unos minutos.
La clase parecía no terminar. Se hacía eterna, sin final. La sirena se hacía esperar. Pero el momento en que se oye todos recogen deprisa y salen corriendo hacia el autobús. Otra vez, de vuelta a casa. El autobús paraba en el centro del barrio y desde ahí tenía que caminar unos doscientos metros hasta llegar a la casa. Muchas veces pasaba por el pequeño grifo que había junto a la iglesia y bebía varias veces de esa exquisita agua, venía fría, casi helada, pero le gustaba beber de ese pequeño grifo. Casi era un ritual.
Se puso en marcha a su casa. Siempre miraba a una casa algo misteriosa. Allí decían que vivía una mujer mayor y loca. El a veces miraba pero con precaución. Como para que no lo vieran mirar. A veces había visto a la mujer sentada fuera. Pero nunca le dijo nada.
Al llegar a la casa se saca la ropa y se pone su chándal y de nuevo ve a su madre, que le pone la comida y sale a tender la ropa. El termina la comida y se pone a ver la tele. No parece que haya mucho de que hablar. Su padre como siempre no estaba la casa. Siempre trabajando. Apenas si lo veía. Solo durante la cena.
El blog de Angel Armas Diaz
Hola a todos,
Me alegro mucho de esar por aquí otra vez. He estado bastante ocupado con un proyecto que va saliendo adelante y eso me permite ahora estar un poco más con todos ustedes. Por cierto, veo que hay bastante gente nueva por aquí. Bienvenidos a todos.
Saludos,
Angel
Publicado el febrero 1, 2009 a las 11:00pm
Comentario (3 comentarios)
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Decirte que puedes seguir poniendo los relatos que quieras y que me ha gustado mucho este que has escrito. Creo que describes una situación muy común hoy en día, la soledad, la falta de comunicación, este caso me ha echo recordarme a mi misma que hoy en día las personas no nos paramos a pensar que hay que hablar más, hay que comunicarse con la familia, amigos, hermanos. Todos vamos tan acelerados que dejamos a un lado algo tan importante como eso y es una pena que cambiemos una buena conversación por esa caja, llamada televisión. Un buen relato. Besos Marian
Saludos