El otro día, leyendo el "Cosmo" (sí, muy de cuando en cuando lo compro, ¿qué pasa?) encontré un artículo que más o menos venía a decir que una relación estable engorda.
Sí, sí. Ni el pastel de chocolate, ni la hamburguesa con patatas fritas... la causa de que la talla 42 te resulte ahora pequeña es tu NOVIO-MARIDO-RESPECTIVO.
Me puse a pensar (una sana costumbre) y efectivamente. Quedas a comer con tus amigas: vais a un vegetariano, o si no, cada una pide un solo plato. Mientras que si comes con el contrario, "¿Vegetariano? ¿Me ves cara de vaca". Al final acabas en un asador, pidiendo croquetas, una tabla de quesos, una ensaladita (porque insistes mucho) y por supuesto, segundo, postre y botella de vino.
Si le cuentas esto a un hombre replicará que nadie te obliga comer, pero, quién es la guapa capaz de ver a su contrario ventilarse una ración de jabugo mientras ella mastica lánguidamente unas hojitas de lechuga. Y encima, luego pagar a medias (tenía un amigo que solía decir que le encantaba ir a comer con chicas, porque pagaba menos y comía más).
En fin. Que la semana santa mi chico y yo fuimos a Portugal, donde se come (¡y cena!) de vicio. Y esta semana, al más puro dostoievskiano, sufrí el castigo en forma de dieta de mis crímenes pasados.
Otra historia sería explicar la aparición de la curva de la felicidad de los caballeros comprometidos, pero eso, valga la redundancia... es otra historia ;-)
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